1 nov. 2010

Cosas de la vida



El 29 de octubre cumplo veintiocho años y podría decirse que no le tengo miedo a la muerte porque ya he vivido y sentido más que mucha gente en toda su vida. Sin embargo, aquí estoy haciendo una lista con las cosas vividas y las que si supero esta enfermedad me esperan, y creo que vale la pena luchar.

He tenido una infancia más que buena, recuerdo pasar los fines de semana jugando sin parar con mis primos en el parque de enfrente de casa, y las reuniones familiares en casa de mis abuelos, los veranos interminables a pie de playa y las clases rodeada de amigas. Para mí nunca fue un esfuerzo ir al colegio, era un lugar en el que me lo pasaba genial. Siempre buenas notas, siempre sin complicaciones. He reído más que nadie y he aprendido a enfrentarme a los malos momentos de la mejor manera posible. He salido, he bailado y he disfrutado alargando los días buenos hasta hacerlos eternos. He pisado la playa millones de veces, y siempre puedo recordar la tranquilidad que da el mar como si estuviera en él. He corrido, patinado, andado en bici, saltado, nadado, buceado, escalado árboles, y me he hecho más heridas que nadie, pero siempre he logrado mi objetivo. He comido millones de helados y he repetido hasta hartarme mis comidas preferidas. Me he atiborrado a chocolate las veces que he querido, y me he arrepentido después otras tantas.

He ido de compras, me he comprado cosas que sólo he utilizado un par de veces y otras que no he querido tirar hasta que no me ha quedado más remedio. He crecido, he engordado, he adelgazado, me he cortado el pelo de distintas maneras, me he puesto flequillo, me lo he quitado, me he dejado el pelo largo y me lo he cortado, me lo he teñido, me he puesto reflejos, me he enfadado con la peluquera, y hasta me lo he cortado yo misma.

He ganado un mundial de baloncesto, he visto al Obra en la ACB y le estoy viendo luchar por volver a ella. He entrenado con todas mis ganas y he disfrutado cada entrenamiento y cada partido. He ganado y he perdido muchas veces, y he amado el baloncesto más que nadie.

He leído muchísimos libros y he intentado escribir algo decente muchas veces. He entrado en muchaslibrerías y siempre he salido cargada de libros.

He amado el baloncesto, los libros y a alguien de una forma que pensaba que no podría volver a amar a nadie más, y me he equivocado. Y he llorado y lo he pasado mal, y lo he superado, y el olvido se posó sobre los recuerdos y éstos dejaron de doler. Y he vuelto a querer, y me he vuelto un poco loca y he querido como antes a alguien a quien no he visto, y he vivido una historia de película, y sigo en busca de mi final feliz.

He vivido y sentido las cosas tan intensamente que siempre he creído que siento más que el resto de la gente. Y ahora sé que tengo que seguir adelante porque me quedan muchas cosas por vivir: tengo que conocerle, tengo todavía muchas historias que devorar, muchos nervios ante el televisor esperando que el tiro entre, tengo que probar muchas clases de bombones y comer tortilla de patata miles de veces más, tengo muchos sitios a los que ir, tengo que descubrir todavía muchas formas de amar y volver a querer hasta el límite, tengo que curar muchas heridas y enseñar a mis futuros hijos a andar en bicicleta. Todavía tengo que reír muchísimo más.

24 jul. 2010

Al alba



Achegácheste á miña soidade
tan incriblemente exacta
que foi como se de tanto soñarte
eu mesmo te creara.

Batía o amor nos pulsos do aire,
e nas polas do sangue
era a vida enteira
que tamén rebentaba,
que de novo florecía
como nunca florecera,
como nunca rebentara.
Era nos pulsos do meu sangue
onde o teu amor pulsaba.

Páramos da soidade miña
a onde en amor chegaras
como se de tanto soñarte
eu mesmo te creara.

10 jul. 2010

Ella y el mar


Aquel muro le impedía la visión. Todos los días se levantaba desubicada, no sabía dónde estaba. Miraba a su alrededor y sólo veía una estancia vacía únicamente ocupada por la cama donde dormía, un pequeño lavabo y una silla frente a una ventana. Siempre se quedaba un rato aturdida sentada en la cama intentando recordar qué hacía allí, y al levantarse siempre hacía el mismo recorrido. Se levantaba despacio, meter los pies en las zapatillas era todo un reto para ella, siempre acababa refunfuñando que no eran su talla, después se levantaba y lentamente se acercaba a la puerta e intentaba abrirla, no sabía qué habría al otro lado, pero siempre estaba cerrada. Después se lavaba la cara, una cara totalmente desconocida para ella, ya no recordaba cómo era, se recogía el pelo, antes brillante y recogido en estudiados moños y ahora sin vida y totalmente enredado, y llena de curiosidad se asomaba a la ventana, y todos los días se llevaba un gran disgusto al toparse con aquel enorme muro. Y este era el único momento del día en el que rompía su monotonía, ya que cada día imaginaba un paisaje distinto al otro lado. A veces era un parque, con columpios y niños jugando y montando un gran alboroto. Y no sabía por qué pero alguno de los rostros de esos niños le resultaba familiar, igual los había visto alguna vez. Otras veces se imaginaba una calle de una gran ciudad, con un montón de gente cruzándose unos con otros y con prisas por llegar a su destino, mucho tráfico y coches pitando a los peatones que casi se les tiraban encima para cruzar al otro lado de la calle. También imaginaba las tiendas que tenía enfrente, las cafeterías, y las vidas de las personas que entraban y salían de ellas. Pero el paisaje que más le gustaba imaginar era el mar. Le encantaba abrir la ventana y respirar su olor, escuchar su murmullo. En esas ocasiones la ventana se convertía en puerta, ella se desvestía, y se veía con su moño perfecto, joven y llena de vida, y se adentraba en el mar bañada por una sensación que hacía mucho que no sentía. Y la felicidad le hacía seguir avanzando, muy lentamente para apreciar bien cada momento, movida por las olas, riendo cada vez que le salpicaban, disfrutando de cada sensación, sintiéndose viva. Hasta que se le perdía de vista.

23 jun. 2010

San Juan


"La Noche de San Juan es una festividad muy antigua en la que se celebra la llegada del solsticio de verano en el hemisferio norte cuyo rito principal consiste en encender una hoguera. La finalidad de este rito era dar más fuerza al sol, que a partir de esos días, iba haciéndose más débil pues los días se van haciendo más cortos hasta el solsticio de invierno. Simbólicamente el fuego también tiene una función "purificadora" en las personas que lo contemplaban. Esta fiesta se celebra en muchos puntos de Europa..."
Darío era profesor de instituto y hace apenas unas horas había dado ese discurso a su clase. Su intención eraque esos chicos que sólo pensaban en el botellón que iban a hacer unas horas después en la playa contemplando las hogueras supieran la historia de esa fiesta. Eran cerca de las doce de la noche y caminaba sorteando los grupos de jóvenes que ya llevaban horas de fiesta en la playa deseando no encontrarse con sus alumnos. Quedaban sólo unos minutos y la gente ya se acecaba al lugar donde iban a encender la hoguera. No sabía muy bien por qué estaba allí, no le gustaban demasiado las aglomeraciones de gente y mucho menos las fiestas, pero esa noche algo le decía que tenía que salir de casa y ver el espectáculo que organizaban en la playa.

Ángela acababa de llegar a la ciudad. Había terminado la carrera unos días antes y había conseguido unas prácticas en un bufete importante sin apenas tener tiempo a celebrarlo. Dicho así el motivo de su estancia en aquélla playa parecía positivo, pero en realidad también se había marchado lo más lejos que había podido de su ciudad huyendo de una vida en la que ya no estaba cómoda y de una relación que se había terminado. Llevaba una bolsa llena de papeles, ella y sus amigas quemaban siempre el día de San Juan los apuntes de las asignaturas que habían aprobado durante el curso,y también había algunas fotos rotas en mil pedazos.
Era el primer San Juan que celebraba fuera de su casa. Todos los anteriores los había pasado en casa de sus tíos. Siempre se juntaban un montón de personas porque además de la familia todo el mundo llevaba a sus amigos. Eran noches llenas de risas que siempre quedarían en su recuerdo. Siempre encendían la "cacharela" y se ponían todos a su alrededor mientras asaban sardinas y cachelos, y cuando las llamas menguaban la saltaban todos tres veces porque daba suerte, ésa era la tradición. Decían que esa noche mágica se comunican el mundo del más allá con el de más acá y es el momento de espantar a los malos espíritus "En San Xoán meigas e bruxas fuxirán" Y éso era lo que ella quería esta noche: huír, dejar atrás todo y empezar una nueva vida.

La hoguera ya llevaba un rato encendida y Darío estaba empezando a agobiarse rodeado de tanta gente. Se dio la vuelta y empezó a hacerse sitio para alejarse, tan cerca hacía demasiado calor. Había trocitos de papel volando por todos los lados y uno le rozo la cara al caer. Al cogerlo vio el rostro de una joven y pensó que nunca había visto nada tan bello. Se alegró de que esa cara se hubiera librado de la quema y se puso a buscarla entre la gente sin saber si alguien la habría tirado allí o habría sido ella misma. Y entonces comprendió por qué había salido esa noche de casa, porque la noche de San Juan es una noche mágica.

19 jun. 2010

Tus rizos al viento

El calor hace que las terrazas se llenen. Yo lo observo todo desde el ventanal de mi despacho y agradezco la agradable temperatura a la que se está aquí. Últimamente la cantidad de trabajo ha aumentado y paso más tiempo aquí dentro que nunca. La jornada laboral siempre se alarga y al acabar me voy directo a casa, a disfrutar del poco tiempo que me queda de descanso. Es en ese momento cuando dejo que mi mente se libere y pienso en tí. He aprendido hace tiempo a controlarlo. Cada vez que te asomas a mi cabeza te dejo a un lado, esperando al momento en que pueda prestarte toda mi atención. Y así cuando llego a casa siempre estás conmigo.
Hoy no sé qué ha pasado, supongo que el gentío que hay ahí abajo ha llamado mi atención y me he distraído por un momento dejándote entrar en mis pensamientos. Y has llegado como un huracán, no has dejado nada en pie. Llevo horas intentando acabar el trabajo pero tu presencia me distrae.
En una de las mesas hay tres chicas que deben ser de tu edad. Hablan sin parar y se ríen todo el tiempo, y mientras a mis oídos llega el sonido de tu risa y tus ojos se clavan en mí buscando la mía. Una de esas chicas me recuerda a tí, tiene tu pelo. Sus rizos se mueven de vez en cuando mecidos por una ligera e intermitente brisa. Mientras, yo alzo mi mano moviendo los dedos imaginándomelos enredados en ellos. Esa chica está embarazada.
Hace tiempo que no sé nada de tí. No sé dónde estás, ni qué habrá sido de tí. Igual a estas horas estás con tus amigas en una terraza como esta, igual estás embarazada o igual ya tienes algún niño, igual estás con alguna cosa del trabajo como yo, igual alguna vez aún te acuerdas de mí. Y en realidad me da igual donde estés, porque el único lugar donde me gustaría verte es aquí, rodeada de toda esa gente, con tus rizos al viento y tu sonrisa en la cara esperando a que termine de trabajar.

6 jun. 2010

Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien...


[Pero a ratos con furia golpea el piano
y algunos le han visto llorar...

Toca otra vez viejo perdedor,
haces que me sienta bien.
Es tan triste la noche
que tu cancion
sabe a derrota y a miel]

Había convertido en batuta la cucharilla del café sin apenas darse cuenta. ¡Hacía tantos años que no componía! Todos aquellos años de amor por la música, las clases particulares de pequeño, las tardes de ensayo, los madrugones para repasar las partituras que llevaba consigo a todos los sitios, la beca conseguida para formarse en Juilliard, todo le parecía tan lejano…
Su excesivo perfeccionismo le había llevado a esta situación. Aquel concierto tan importante… Nunca se había permitido fallar, y ese día sus dedos no habían respondido como debieran ante el piano. Su instrumento preferido se había convertido ese día en su mayor enemigo. Nunca entendió qué le pasó, la incomodidad que sintió frente al instrumento, la inmensidad de éste y lo pequeño que se sintió ante él, sus dedos que no se acomodaban a las teclas, el compás mal cogido… Nunca supo explicarlo, nunca comprendió lo que pasó aquel día. Simplemente cedió ante la angustia de qué sucedería si eso volviera a pasar y ese día fue el último día que se subió a un escenario. Él, que ya era un maravilloso músico y un prometedor compositor, con pánico escénico.
Nunca volvió a componer aunque de vez en cuando se sentaba en su viejo piano y recordaba aquellos años tocando todas las piezas que había tocado aquel día. Ahora no fallaba nada, nunca había fallado, sólo ese día.
Han pasado muchos años y a ese joven, ahora hombre ya entrado en edad, le ha cambiado completamente la vida. Tiene una tienda en la que vende instrumentos de música, aunque más que una tienda parece un museo por la gran variedad y el valor de las piezas que tiene. Alguna vez también ha dado clases particulares de piano y de violín, pero en estos momentos no le da clase a nadie. Hoy es domingo, y como todos los domingos se ha levantado temprano y ha acudido a su tienda a limpiar los instrumentos que tiene expuestos, le gusta conservarlos en perfecto estado. Después va a recoger a su nieto y se lo lleva a dar un paseo por el parque y a desayunar, pero hoy llueve, y en vez de estar en la terraza de la cafetería de siempre han tenido que entrar. No hay mucha gente, se ve que los domingos lluviosos la gente prefiere quedarse en casa. De lejos se escucha la televisión, y él permanece atento a las historias que le cuenta su nieto. De repente una melodía se apodera de su atención, viene de la televisión, es la música de un anuncio y, sin darse cuenta, coge la cucharilla de su café y marca el compás, en una servilleta dibuja un pentagrama y empieza a trazar notas, pronto la servilleta se llena de negras, blancas, corcheas, semicorcheas, todas bailando al ritmo que se esboza en su cabeza. Está componiendo, casi sin darse cuenta, sin el menor esfuerzo. Cuando llegue a casa la tocará al piano, está seguro de que es buena, y la tocará ante su público, aunque ahora se reduzca a su nieto.

27 may. 2010

El camino hacia Lily


Siempre he estado enamorado de Lily, desde el primer momento en que la vi. Mi casero me había pedido que estuviera esa tarde en casa que iba a llegar mi compañera y a él le era imposible estar. Llevaba casi tres meses viviendo solo y la idea de que mi tranquilidad se viera truncada por la llegada de un nuevo inquilino me tenía bastante contrariado, pero yo no tenía nada que decir, mi piso tenía dos habitaciones y a mi casero le convenía tener dos inquilinos, si uno le fallaba siempre le quedaría el otro.
Lily llegó hora y media tarde pero su sonrisa era la mejor de las disculpas. Traía botas de montaña, un pantalón corto, una camiseta sin mangas, un pañuelo al cuello y una enorme mochila a la espalda, no era la imagen que esperaba.
-¡Hola! ¿Me dejas pasar o nos vamos a quedar en la puerta?
Yo me aparte sin articular palabra, me tenía deslumbrado. Su gran sonrisa, esos ojos tan grandes y tan azules que no dejaban de mirarme, sus rizos rojos cayendo sobre sus hombros, sus largas piernas bronceadas. Y su descaro, que se veía a leguas.
Entró en el salón y dejó la mochila apoyada en la puerta. Dio un trago de su cantimplora y se sentó en el sofá, tenía pinta de cansada. Yo me quedé de pie enfrente a ella apoyado en la pared.
-Vengo de hacer el camino de Santiago. Tenía ganas de hacerlo desde hace tiempo, nadie debería perderse esta experiencia –y al ver que yo seguía mudo continuó- Mis cosas llegan mañana, pensé que no llegaría a tiempo y tuve que hacer algún trayecto en autobús, pero me lo he pasado en grande. ¿Y tú qué?
Seguía con su mirada clavada en mí, me tenía totalmente hipnotizado. ¿Y yo qué? ¿Qué de qué?
-¿Quieres tomar algo? –dije. Probablemente no era eso lo que ella esperaba de mi, pero fue lo único que me salió.
-Vale, ¿qué tienes?
Y tomamos un café con bizcocho mientras ella no paraba de contar anécdotas de su viaje y yo me perdía en su mirada. “Qué chica más loca” Pensaba mientras la escuchaba. No paraba de hablar, y de reír, y te hacía sentir como si te conociera desde siempre aunque acabáramos de vernos por primera vez diez minutos antes. Cuando termino de merendar se metió en el cuarto de baño con su mochila y estuvo allí casi una hora. Sólo abrió la puerta un momento para gritarme:
-¡Por cierto, yo soy Lily! ¿Tú cómo te llamas?
-Tomás –dije yo intentando mirar para otro lado para no imaginar lo que habría debajo de la toalla que la envolvía-. Me llamo Tomás. ¿Necesitas algo?
-No, sólo era eso.
Y volvió a encerrarse en el baño para salir veinte minutos después con una camiseta larga a modo de vestido, unas zapatillas y el pelo ondulado y por encima de los hombros.
-Ya necesitaba un corte-dijo-. ¿Me puedes decir dónde está la escoba? He dejado todo lleno de pelos. ¡Ah! He traído algo para ti. Toma.
Yo desenvolví un paquete en el que había un libro del Camino de Santiago.
-No sabía qué te gustaría y opté por esto porque te repito que tienes que hacerlo. Ya sé que estás en el destino, pero márchate lejos y vuelve, verás todo lo que descubres por el camino. Y la impresión que tendrás de la ciudad al llegar será completamente distinta a la que tienes ahora, créeme, vale la pena.
Y siguió hablando mientras barría el cuarto de baño. Después se fue a su habitación y se pasó durmiendo casi todo el día siguiente. Fui yo el que recogió todas sus cosas y se las dejé amontonadas en el salón para que las viera al despertarse y me marché a trabajar. Mi trabajo en aquéllos tiempos era más un pasatiempo que un trabajo pero me daba para vivir, y eso era lo que me importaba. Yo era periodista, aunque lo que realmente me gustaba era la fotografía, así que de vez en cuando hacía algún reportaje para alguna revista, y cuando eso no me llegaba mandaba algún artículo a algún periódico y así subsistía, sin plantearme nada más.
Al volver Lily ya tenía todas sus cosas colocadas.
-Estaba esperándote para salir un rato, no sabía a qué hora llegabas y no sabía si salir a comprar algo y hacer la cena o esperarte y dar una vuelta, y mientras estaba decidiendo qué hacer has llegado, así que genial, venga, vámonos a pasear.
Estaba preciosa. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta que marcaba su maravilloso cuerpo. Iba subida en unos taconazos que la hacían todavía más estilizada y casi más alta que yo, y el pelo despeinado y algo de maquillaje. Era la chica más guapa que había visto en mi vida. Llevaba dos días sin parar de hablar y aún no sabía a qué había venido a Santiago, y por poco no sabía su nombre.
Paseamos toda la tarde por la zona vieja, a mí no me hacía falta hacer el Camino de Santiago para ver la ciudad de otra manera, me bastaba con llevar a mi lado a Lily. Me gustaba estar con ella, me había habituado a su risa escandalosa, a su mirada atenta, a su desparpajo. Lily se reía como si fuera cada vez la última que se reiría en su vida.
-Tomás, se un caballero e invítame a cenar. Venga, vamos a casa, nos arreglamos y salimos a cenar fuera, para darme la bienvenido. Ponte un traje, ¿tienes traje? Y yo me pondré un vestido y unos taconazos. Llévame a un buen restaurante y entremos del brazo, seremos la envidia de todos. Jóvenes, guapos y de la mano. ¿Te gustaría llevarme a la cama, verdad? Te lo veo en los ojos.
“No, Lily –pensaba yo- Me gustaría llevarte el resto de mi vida de la mano. Eso es mejor que llevarte a la cama”.
-¿Qué dices? ¿Te apetece?
-Vale, vamos a arreglarnos –y a mi en ese momento no me importaba nada más que saber lo que sentía siendo su pareja, cómo decirle que no, no quería ser el culpable de hacer desaparecer esa sonrisa. En ese momento lo que menos me importaba era recordar que al día siguiente tenía que estar a las cinco de la mañana en pie para ir hasta “A costa da morte” a fotografiar un amanecer para un reportaje de una guía de viajes. “Lo que tú quieras Lily, vámonos al fin del mundo si quieres Lily, ¿acabarás en mi cama Lily?”
Y ella se cogió de mi mano y me llevó a casa, y digo me llevó porque en esos momentos yo no sabía ni por dónde iba, solamente flotaba, y me dejaba guiar por su sonrisa.
Al llegar a casa se encerró en su habitación mientras yo buscaba ente mi ropa el único traje que tenía. No me lo ponía desde hace siglos y sabe dios cómo estaba… Era todo arrugas, no había duda de que no era un traje a la altura de Lily. Oí sonar su teléfono, y al poco tiempo un golpe en su habitación. Se asomó a medio vestir y con los ojos llenos de lágrimas, el rímel empezaba a corrérsele.
-Tomás, no vamos a ir a ningún sitio –y dio un portazo.
Yo me quedé quieto, sin saber qué hacer. Esta chica siempre me dejaba paralizado, era como un huracán, arrasaba conmigo. Volvió a abrir corriendo y vino hacia mi, me besó en la mejilla y dijo:
-Estás guapísimo, lo dejamos para otro día, ¿vale?
No te vayas Lily, déjame abrazarte. Lléname el traje de rímel y lágrimas y me compraré uno digno de tu acompañante. Deja que te envuelva con mis brazos, déjame oler tu pelo descontrolado, déjame quitarte el vestido. Ven.
Pero no vino, y los días siguientes su actitud cambió por completo. Yo empezaba a no entenderla bien. No sabía quién la había llamado, ni qué le había pasado, pero fuera lo que fuera se había llevado su alegría. Ahora se levantaba, intentaba sonreír pero su sonrisa era forzada, y hablaba de cualquier cosa. Me enteré de que había venido para estudiar farmacia, yo pensé que no le pegaba nada pero dijo que siempre había querido trabajar en un laboratorio. Yo no pude evitar imaginármela con la bata blanca y pensé que a la Lily que tenía delante sí le pegaba, que igual la de los primeros días no era la real. Esos días la conocí mejor, y ella a mí, pero yo echaba de menos las locuras de mi Lily, la que llegó del Camino de Santiago con unas ganas de disfrutar de la vida que no le cabían dentro y se las contagiaba a cualquiera que se pusiera delante. Varias veces intenté preguntarle qué le había pasado aquel día pero no había manera, ella siempre cambiaba de tema y me respondía que no me preocupara, que cualquier día me sacaría a cenar. Y yo me quedaba sin saber qué responderle. “No es eso Lily, no es eso.”
A pesar de todo yo cada día me enamoraba más de ella. Me encantaba llegar a casa y tener su compañía, me gustaba verla estudiar, ver cómo se pintaba las uñas, cenar con ella. Lily cocinaba de maravilla, pero lo hacía pocas veces, decía que le gustaba que yo cocinara para ella. Y yo nunca supe decirle a nada que no.
Nunca llegué a entenderla, tenía épocas en las que era la persona más feliz del mundo, y otras épocas en las que su tristeza lo invadía todo, y éstas siempre llegaban con una llamada de teléfono, aunque nunca supe qué era lo que le pasaba. Cuando Lily estaba bien todos los días eran una fiesta, su alegría se metía en mí por cada poro de mi piel y parecía que todo iba bien. Los días en los que estaba triste eran una excepción, pero en ellos no era capaz de reconocerla, parecía que estaba vacía, sin vida, y su tristeza también se llevaba la mía, hasta dejarnos tan mal que yo sólo era capaz de desear que se le pasara pronto el efecto de la llamada. Y de repente se le pasaba, siempre era así. De repente un día me levantaba y la veía tomándose un café con una gran sonrisa en la cara, y entonces parecía que el mundo giraba al ritmo que nosotros le marcábamos otra vez.
A finales de mayo Lily pasó por su peor crisis. Estuvo diez días encerrada en su habitación y sólo salía cuando yo no estaba en casa para comer algo. Yo me pasaba mis ratos libres en su puerta pidiéndole que por favor me abriera, y pasándole notas con alguna tontería para subirle el ánimo, pero nada era suficiente, y yo sentía que me consumía tirado en el suelo y apoyado en su puerta. Lily salió al undécimo día, se sentó encima de mí y me besó. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, y estuvo abrazada a mí un buen rato. Yo no sabía qué hacer, sólo la abrazaba y le acariciaba el pelo, la espalda, y le decía que por favor no llorase más y me contara qué pasaba. Lily no me explicó nada, lo único que me dijo fue que ya era el momento de que emprendiera mi viaje. Mis vacaciones eran en junio, y aunque no quería dejarla sola porque todavía no estaba bien no pude decirle que no, era como si cuando me lo pidió hubiera visto en sus ojos la necesidad de que me fuera, de que hiciera ese viaje. Yo no entendía nada, pero Lily tenía el poder de conseguir de mi lo que quisiera, y pensé que si pasaba por los mismos sitios por los que había pasado ella y le llevaba recuerdos, anécdotas y fotos eso la animaría. Así que me fui. Hice el camino, su camino, parando en los lugares que ella me había dicho, visitando todos esos sitios desde sus ojos, imaginándola a ella y a su sonrisa recorriendo todos esos caminos, descansando en esos albergues o hablando con esa gente. Estaba lejos y sin embargo no podía sacármela de la cabeza. Lily me había pedido que no la llamara en todo el recorrido, que prefería escucharme al llegar. Bueno, en realidad lo que dijo fue que cuando volviera se metería conmigo en la bañera mientras me daba un baño relajante y que después, mientras me masajeaba todo el cuerpo quería escuchar todas mis historias. Esta Lily… me volvía loco.
Yo me hospedaba siempre en los mismos lugares en los que ella lo había hecho antes. Uno de los últimos días, llegué a un hotel maravilloso. Me extrañaba que Lily me hubiese mandado a ese lugar ya que el resto del Camino lo había hecho de albergue en albergue. Lily no me había dado ninguna explicación sobre esto, y yo, que no creía que aquello fuese casualidad le pregunté al recepcionista si la recordaba, y así era. Me dijo que ella había dejado una nota para mí en el libro de visitas, a mí me extrañó mucho todo ello, pero era cierto, en el libro de visitas, con boli rojo había un mensaje, aunque bien podría haber sido para mí como para cualquier otra persona “Bienvenido, sabía que vendrías.” No pude evitar sonreír, y entonces fue cuando el recepcionista me contó que Lily no había llegado sola a ese lugar, que iba con un hombre, bastante mayor que ella, y que iban a quedarse dos noches pero ella desapareció la primera. También dijo algo que no me extrañó nada, pero que me dio mucho que pensar, “Parece que el hombre sólo respiraba si estaba con ella, cuando le abandonó era como si se hubiera quedado sin vida” Qué bien entendía yo eso, Lily y la vida y alegría que nos regalaba a los demás.
Las últimas etapas del recorrido no fui capaz de disfrutarlas, había algo dentro de mí que hacía que estuviera preocupado, aunque aún no sabía qué era. Al llegar a Santiago antes de pasar por la Catedral y completar el recorrido decidí pasar por casa, recoger a Lily y terminarlo con ella, era su viaje y quería vivir eso con ella. Al abrir la puerta de casa una sensación de vacío se apoderó de mí.
-¿Lily?
No contestó. La puerta de su habitación estaba cerrada y me temí lo peor. Me acerqué, ocupé mi lugar en el suelo, me apoyé en la puerta y antes de darme tiempo a decir nada ésta se abrió. Yo pensé que la había abierto ella, pero no fue así, la puerta se abrió con mi peso, sólo estaba entornada. Al girarme me quedé sin aire, Lily no estaba, no había rastro de sus cosas. Sólo había dejado una nota encima de la mesa: “Espero que el viaje te haya gustado. Yo ya he cumplido contigo, te he ayudado a disfrutar de la vida, a saber vivirla. Ahora tengo que ir a ayudar a otro. Hay algo que me quedó por decirte, no hace falta que te pongas un traje para salir con ninguna chica, con lo que llevas dentro ya es suficiente” Me quedé muchísimo tiempo sin saber qué hacer, mi cuerpo no reaccionaba. Lily pensaba que me había enseñado a vivir mi vida, pero estaba equivocada, al irse se había llevado esa vida que ya sabía disfrutar. “¿Por qué me has hecho esto Lily? ¿Por qué me has arreglado la vida para después arrebatármela?” Cogí mi mochila y me fui a la Catedral a completar el viaje, porque sé que estuviera donde estuviera, a ella le encantaría saber que había terminado su viaje.

24 may. 2010

Si algo sale mal Desmond Hume es mi constante


"La mayoría pensamos que lo hecho, hecho está, que no podemos cambiar nuestro destino por mucho que nos esforcemos, y que aquéllos que desafían a su destino siempre acaban decepcionados pues el destino posee el modo de trazar su propio rumbo. Sin embargo, antes de rendirnos al destino debemos tener en cuenta el poder del espíritu humano y la fuerza que entraña nuestro libre albedrío"

12 may. 2010

Antes todos los despertares eran una fiesta

Últimamente Marta siempre se levanta con una sensación de vacío que le hace romperse por dentro. Antes todos los despertares eran una fiesta. Había fuegos artificiales cuando abría los ojos y le veía a su lado. Abrir los ojos envuelta en sus brazos era un lujo. No había malos despertares, todos eran una gran sonrisa. Estaba bien acortar un poco la distancia y rebasar un poco los límites para dormir juntos. Le gustaba despertarse en mitad de la noche, girarse y ver que él estaba allí. Pero de eso ya hacía tiempo, ahora la sensación de vacío en el estómago le recordaba su ausencia y esa sensación le duraba todo el día.
Es domingo, son las cuatro de la tarde y Marta todavía no se ha levantado. Hoy la pena le pesa demasiado. Está tumbada en la cama, sin parte de arriba, siempre se acuesta así por si él quiere venir a acariciarle la espalda. Está hecha un ovillo, abrazándose las rodillas y con los ojos abiertos pero sin mirar nada. Tiene el móvil al lado, sobre la almohada, pero ya lleva demasiado tiempo sin sonar. La angustia le está matando, así que se levanta, se desviste y se mete en la ducha. Ahora el agua le recorre el pelo, los hombros, la espalda, y piensa que por todos esos sitios han pasado ya sus manos y le recuerda tocándole, o a través del teléfono cuando no estaban juntos y su voz le decía que le estaba besando y que sus manos estaban recorriendo su cuerpo.

Para Roberto las cosas tampoco van demasiado bien últimamente. Ahora está tirado en su cama, sin camiseta, por si ella quiere venir y acariciarle el pecho. Está pensando en ella, y maldiciéndose por haberla apartado de su lado. Nunca quiso causarle ningún dolor, pero ya era tarde porque Marta estaba enamorada de él. Y se arrepentía mucho de lo que había hecho porque a Roberto también le encantaba despertarse a su lado. Recordaba que siempre se metía en la cama sin hacer ruido para no despertarla porque le gustaba ver su cara de sorpresa cuando se giraba y veía que ya había llegado.Le gustaba dormir abrazándola, le gustaba el olor de su pelo, le gustaban sus caricias, le gustaba que ella le quitara la parte de arriba para apoyarse sobre su pecho y le gustaba que al dspertarse le besara.
Roberto tenía el teléfono al lado y se dio cuenta de que no podía seguir echándola de menos, así que la llamó. Pero Roberto no podía saber que Marta estaba en la ducha dejando que el agua le acariciara lo que él ya no acariciaba y pensó que no le cogía porque ya no quería saber nada de él. Se desnudó y se metió en la ducha. El agua le recorrió el pelo, el cuello, el pecho y recordó cómo lo hacía y cómo se lo contaba cuando no estaban juntos.

Marta sale de la ducha y ve su teléfono iluminado. Ya no hay vuelco en el estómago porque ya no piensa que puede ser él, pero sí lo es así que le llama. Marta no puede saber que Roberto está dejándose acariciar por el agua y piensa que no le coge porque ya no quiere saber nada de ella, que se habrá equivocado. Así que se viste, coge el coche y se va a la playa, a ver el mar porque eso le relaja.

Roberto sale de la ducha y ve su llamada, así que rellama pero no sabe que ella con las prisas se ha dejado el móvil en casa. Así que se viste, coge el coche y se va a la playa, porque el mar le relaja.

Y ahora están los dos allí, cada uno en su playa a quilómetros de distancia. Los dos pensando en el otro. Ella tumbada sobre la arena, él paseando por la orilla mojándose los zapatos y los pantalones, y los dos dejando que la tristeza se apodere de ellos. De repente se pone a llover, en las dos playas a la vez, y ninguno de los dos se mueve. Les da igual, porque ya no les importa nada.

18 abr. 2010

La chica del paraguas rojo y los donuts de chocolate


La chica del paraguas rojo hacía días que no sonreía, la pena se había apoderado de ella.
El chico del paraguas azul la observaba desde lejos, no quería que ella le viera. Desde aquel café no habían vuelto a verse y no era porque hubiese estado mal, más bien había sido porque había sido tan mágico que él temía que dejara de serlo.
La vio saliendo del supermercado. Llevaba sólo una bolsa de la que estaba sacando un paquete de donuts de chocolate y estaba cogiendo uno. Iba poco abrigada para el día que hacía. Pantalones vaqueros, catiuskas, una camiseta y una chaquetilla. Ese día había dejado el paraguas en casa, parecía que estaba desafiando al temporal.
La vio de lejos, y aunque un poco avergonzado comenzó a seguirla sin intentar disminuir la distancia entre ambos. ¡Le hacía tan feliz volver a verla! No sabía qué tenía esa chica, pero le había encandilado.

Carla no tenía un buen día, todavía no había aprendido a echar de menos, y mucho menos a echar de menos a alguien con quien había estado sólo dos horas en toda su vida. No sabía qué tenía ese chico, pero le había encandilado.
Ése era el motivo de los donuts de chocolate, porque aunque Mario no lo supiera los que más le gustan son los otros. Los de chocolate sólo los come cuando no está de humor para pringarse los dedos con el azúcar. Pero los donuts de chocolate no hacen que se sienta mejor, y lo sabe, sólo le ayudan a llorar.

Mario no sabe que está llorando porque la está viendo por atrás y porque ni por asomo se imagina que es la causa de su pena.
De repente se pone a llover y Mario se da cuenta de que va sin paraguas y que sigue caminando sin cobijarse en ningún sitio. Y ella, que hoy le da igual todo, deja su bolsa en el suelo y se pone a dar vueltas bajo la lluvia, empapándose.
Mario no entiende nada y se acerca corriendo a ella para taparla. Y Carla vuelve a sorprenderle lanzándose a sus brazos y abrazándole bien fuerte. A Mario le ha parecido ver en su cara que la lluvia se había mezclado con sus lágrimas y se le ha hecho un nudo en el corazón al pensar que ella estaba llorando. Se separa un poco de ella y la invita a un café pero ella le dice que no, que está empapada. Y al mirarle le parece ver un asomo de tristeza en sus ojos y como ni de broma quiere ser la causa de su tristeza le coge el paraguas, lo cierra y lo deja en el suelo. Y cogiéndole de la mano se pone a girar con él bajo la lluvia, y es ahí cuando Mario se da cuenta de que con esta chica nunca va a desaparecer la magia, porque ella es especial.

15 abr. 2010

Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo


Anoche soñé contigo, lo hago más veces de las que quisiera. No es que no me gusten los sueños, es que después la pena me dura todo el día, hasta que vuelvo a dormirme y apareces de nuevo. Los despertares son la peor parte del día. Abrir los ojos y ver que no estás ni a mi lado ni de ninguna otra manera. Me gustan las noches porque te traen a mi. Traen tu risa, tus payasadas, tus caricias. Pero al abrir los ojos desapareces, y se va tu olor, el sonido de tu respiración, tu sonrisa.
Estábamos en Laredo pero era invierno y hacía frío. Tú te despertabas primero y a mi me despertaban tus caricias en mi espalda. Qué despertar tan distinto al que he tenido hoy. Me hablabas, bajito, mientras me acariciabas el pelo y me atraías hacia ti. Después nos levantábamos, nos poníamos los pijamas que por las noches no necesitábamos, nos preparábamos un cafe calentito y desayunábamos en la terraza mirando al mar mientras nos acurrucábamos bajo una manta, bien juntitos. Y de repente estábamos en la playa, casi vacía. Yo estaba sentada en la arena con un block y unos carboncillos en la mano, dibujándote, y tú a la orilla del mar sacando fotos. Luego venías a mi lado, me dabas un beso en la cara y mirábamos tus fotos. Qué dulce eras. Yo tenía la nariz congelada, y la pasaba por tu mejilla mientras tú me abrazabas para que entrara en calor.
Puede parecerte un sueño nada especial, pero para mí cada segundo lo era. Y me despierto y ni siquiera sé cómo dibujarte, y ahora es de noche, y no me quiero dormir porque no quiero despertarme y volver a perderte.


4 abr. 2010

El Zorro

En un camastro desvencijado Joel jugaba con un roído antifaz. Era el único recuerdo que tenía de su padre.
Habían llegado a la ciudad hacía unos meses escapando de todos los problemas que tenían en el pueblo. Su padre era un joven labrador que había heredado un pequeño terreno que utilizaba como huerta para después vender los productos en el mercado, pero al morir su mujer él solo no pudo hacerse cargo de todo el trabajo y al tener que contratar a alguien y pagarle un jornal comenzaron los problemas. Primero fue eso, después el descenso de las ventas, las dificultades para reunir el dinero que costaba tener un puesto en el mercado, y por último el incendio que provocó la pérdida de casi todos sus cultivos. Y ante esta situación no le quedó más remedio que recurrir a préstamos con enormes intereses que no era capaz de pagar. Por ello, al cabo de dos años, decidió coger a su hijo, algunas de sus pocas pertenencias y huir de sus problemas en busca de una vida mejor y un buen futuro para su hijo.
Al llegar a la ciudad se instaló en el sótano de un edificio abandonado que, casualidades de la vida, también había sido incendiado. Y recogiendo algún mueble de la calle intentó transformarlo y darle la apariencia de un hogar. Pero conseguir trabajo era más complicado. No eran buenos tiempos y lo único que conseguía era un trabajillo de vez en cuando. Un día en el muelle ayudando a descargar la mercancía de los barcos a cambio de unas monedas, otro día ayudando a apilar las cajas en una frutería a cambio de algo que llevar a casa para que comiera su hijo. Y fue en uno de estos trabajos, ayudando a vaciar una antigua tienda de disfraces cuando se hizo con el antifaz. Todo lo que había en la tienda se dividía en dos montones: el que se llevaban los dueños para vender a otros comerciantes y el que se iba a la basura. De este era del que se encargaba el padre de Joel. Al concluir su trabajo volvió a los contenedores a los que había llevado las cajas y rebuscando en ellas se hizo con varios disfraces de su medida. Y ese fue el día que el padre de Joel encontró un trabajo estable. Al día siguiente salió con uno de sus disfraces, se colocó en un lado de la plaza, sentó a Joel en una caja a su lado y comenzó su función. No era mucho lo que ganaba pero a lo largo del día eran bastantes las personas que se paraban frente a él y le daban alguna moneda.
Tenía tres o cuatro disfraces y por lo tanto tres o cuatro representaciones distintas según el traje. Cada disfraz tenía su historia, nunca se preocupó de cambiarlas ni de introducir nada nuevo porque la gente no se aburría de ellas y seguían parándose a escucharle. A todo el mundo le gusta que le cuenten un cuento aunque sea siempre el mismo, y el padre de Joel los contaba y representaba muy bien.
Solían levantarse tarde y a media mañana se instalaban en la plaza. A medio día descansaban un par de horas para comer y echar la siesta y después volvían hasta media noche. Siempre hacían el mismo horario y era muy fácil controlarles. El padre de Joel nunca habría imaginado que eso pudiera ser peligroso. Los días de semana por la noche casi no había ni un alma por la calle, pero Joel y su padre se quedaban siempre hasta la misma hora. Joel algún día había protestado, ya cansado, porque no entendía que si no había público no pudieran irse y acostarse. “En el trabajo hay que ser disciplinado, hijo mío. Como en todo en la vida” le contestaba su padre, y Joel no rechistaba.
Ese día la calle estaba desierta, hacía frío y la gente prefería estar calentita en sus casas. Joel vio a dos hombres acercarse y quiso decirles que la función ya había terminado, pero no le dio tiempo a decir nada. Los acreedores de su padre les habían encontrado. No mediaron palabra, se acercaron a su padre y le pegaron un tiro. Joel asustado se fue corriendo hasta el sótano, y cuando pensó que ya había acabado el peligro volvió junto a su padre. Hacía tiempo que no respiraba, le quitó el antifaz, le cerró los ojos y se fue de allí. La última función de su padre había sido la de “El Zorro”.

25 mar. 2010

La llave de Armaria

Rebuscando entre los papeles encontraron una llave de lo más extraño. Parecía antigua y como ninguno de ellos sabía qué abriría la volvieron a dejar encima de la mesa entre las demás cosas. Estaba todo revuelto, si el abuelo viera cómo estaban dejando todo se habría puesto a gritarles como un loco. Él siempre lo tenía todo bien ordenado. Nadie le dio importancia a la llave, supusieron que abriría una de las muchas cajas que guardaba el abuelo con sus papeles y sus cosas. Nadie excepto Carolina.
Carolina tenía nueve años, y nadie parecía prestarle atención. Estaban todos muy ocupados desordenando las cosas de su abuelo buscando dios sabe qué. Le habían dicho que el abuelo se había ido, que ya no volvería a verle, pero no le habían dado más explicaciones. A nadie le importaba si ella lo entendía, todos estaban preocupados con otras cosas. Si se hubieran parado a explicarle algo, a hablar con ella, ella les habría dicho para qué servía esa llave. Era una llave muy importante, pero esto sólo lo sabía ella. Así que sin que se enteraran la cogió y se la guardó en el bolsillo.Tenía que esperar el momento adecuado para poder usarla, el abuelo siempre lo hacía, cuando no le prestaban atención se marchaba con su llave y la utilizaba.
El abuelo de Carolina escribía cuentos. Llevaba toda la vida haciéndolo. Escribía muchos y todos muy buenos. Tenía a todos los editores y críticos literarios impresionados. Todo el mundo se preguntaba de dónde venía su inspiración, y la clave era aquella llave. Esa llave abría una puerta oculta escondida en el sótano de su casa. Había que mover un poco el armario, detrás había un panel que si lo empujabas cedía y después había una puerta. Al abrirla entrabas en Armaria, el mundo donde se desarrollaban todos los cuentos del abuelo. Carolina era la única que sabía que el abuelo no tenía tanta imaginación, que lo único que hacía era narrar lo que pasaba en Armaria. Ella le había acompañado una vez, poco antes de que su abuelo se fuera. Y había prometido guardar su secreto. Su abuelo le había dejado a ella su mejor herencia.

14 mar. 2010

Los hombres de mi vida

Pablo fue el primer hombre de mi vida, teniendo en cuenta el significado que eso tiene a los once años. Pero yo lo cuento igual porque me duró hasta los quince, y porque era mi amigo. A Pablo le conocía desde siempre, y le veía en verano cuando las vacaciones eran tan maravillosas que duraban tres meses. Sus padres eran amigos de los padres de mi amiga y estábamos todo el día juntos. Tenía el pelo negro, rizado y era un poco más bajito que yo. Pablo estuvo en mi cabeza de los once a los quince años, y el curso se hacía eterno hasta llegar el verano. Nos poníamos al lado en la playa, nos bañábamos juntos, él salía a su ventana y yo a mi balcón para saludarnos, dábamos paseos en bici y compraba siempre las pipas que me gustaban a mí para compartirlas conmigo. Éramos pequeños, pero con él decidí que nunca me volvería a gustar mi mejor amigo porque no quería perder a ningún otro.

Después vino Adrián, y este sí que fue de verdad. A Adrián le quise de una forma que hasta dolía. Llamó mi atención su altura, siempre destacaba por encima de los demás, su forma de caminar, la tranquilidad que desprendía. Me enamoré de su sonrisa, de la forma en que me miraba, de sus manos enlazadas en las mías, de las ganas de levantarme cada mañana para verle, de su voz, de su aspecto macarra cuando era todo lo contrario, de la forma en que hacía temblar mi cuerpo, de sus abrazos, de sus labios, de su atención. Le quise mucho más tiempo del que estuvo porque para mí era imposible no quererle. Con él decidí que no quería volver a enamorarme de esa manera nunca más.

Y por último llegó Carlos. Carlos era magia. En muchas cosas era como yo, y además era la persona más buena que había conocido en mi vida. Llegó de una forma que nunca me habría imaginado, y aunque fuera raro, lo natural para mí era quererle. Era como si ya le quisiera antes de que apareciera y cambió todo lo que yo pensaba hasta ese momento. Cuando llegó ya me tenía ganada. Carlos me hacía feliz cada vez que aparecía, y cuando no estaba me hacía morirme de miedo. Llegó con agobios y miedos, y de él me encantaba su ternura, las ganas que tenía siempre de sacarme una sonrisa, todo lo que decía, las veces que se olvidaba de todo y quería besarme, sus caricias, lo especial que me hacía sentir. Él hizo que yo tuviera ganas otra vez de luchar por alguien, de hacer que fuera posible lo que para él era casi imposible, pero mis ganas no fueron suficiente y él se quedó para siempre aquella caja con un beso que era para mí. Con él aprendí que por mucho que me proteja hay algunas personas que pueden saltarse todas tus barreras y hacer que lo inevitable sea que les quieras.

11 mar. 2010

3 mar. 2010

El chico del paraguas


Él es de esos chicos que piensan que no llaman la atención de nadie, de los que ya lo dan todo por perdido y de los que no miran a las chicas con las que se cruzan a los ojos para no verse desde los ojos de nadie. Es de los que siente, pero se lo quiere guardar todo para él por miedo a sufrir, a ser rechazado, a hacerle daño a alguien. Es de los que pasa por la vida sin darse cuenta de lo importante que es arriesgarse y dejarse llevar, de lo importante que es dejarse ser feliz. Es de los que se fija mucho en los pequeños detalles, y le da importancia a cosas que el resto de la gente puede pasar por alto. Es de los que colecciona imágenes que le transmiten cosas, de los que hace magia con las palabras, de los que tiene un montón de cosas en la cabeza mientras hace que sigue con su vida, como si no tuviera más inquietudes. Es de los que tiene miedo a darse a conocer, de los que se encierra en sí mismo. Él es de ese tipo de chicos a los que un día de lluvia se les da la vuelta el paraguas y tiene las manos ocupadas y se empapa sin poder ponerlo al derecho.

Ella es de esas chicas que no tiene miedo a nada, que ha aprendido a estar segura de sí misma, y que quiere ser feliz. Ella también le da mucha importancia a los pequeños detalles. Es de las que no sólo ve imágenes, sino que les busca significado, es de las que entiende la magia de las palabras. Ella es de las chicas que se fija en chicos como él, porque al cruzarse con ellos se ríe, y consigue que le miren a los ojos cuando se cruzan con ella y así puede descubrir todo lo que esos chicos tienen dentro y quieren ocultar. Es de las que tiene muchos pequeños detalles que no todo el mundo sabe apreciar. Ella es del tipo de chicas que se pararía al lado de esos chicos para taparle con su paraguas y sujetarle los papeles hasta que él pudiera poner al derecho el suyo. Pero él no sabe que ella es del tipo de chicas que puede ver a través de su mirada, y se hace valiente y comete el error de mirarle a los ojos para darle las gracias sin contar con encontrarse con su gran sonrisa. Y ella, que con solo una mirada ya sabe ante qué clase de chico está, sonríe todavía más y le invita a un café, porque ella es de esa clase de chicas que reconoce al amor de su vida en un instante.

1 feb. 2010

01022010 (o al revés)

Conduje por la costa, por ese camino que tantas veces había recorrido contigo. Tú y el mar. Parecía que te faltaba el aire si no os veíais a menudo. Pero esta vez el viaje era distinto, faltabais tú y tu sonrisa a mi lado y yo llevaba los ojos desbordados de lágrimas, pero no me hacía falta ver, mi coche se sabía el camino de memoria, y si en ese momento me hubiera salido de la carretera tampoco me habría importado.
Al llegar salí corriendo del coche y bajé saltando por las rocas, ahora tú no podías verme y no tendrías miedo de verme caer, y me acerqué al mar, me metí hasta la cintura mientras las pocas fuerzas que me quedaban salían de mi en forma de lágrimas, y le grité al mar que te ayudara, que él tampoco podría estar sin ti. Después salí y me dejé caer en la arena, y te vi allí apenas un mes antes, el último día que fuimos a la playa. Hacía un montón de frío y estaba desierta, pero tú eras la ariesina más testaruda que había conocido y te empeñaste en ir a la playa. Me tuviste que prometer mil veces que ibas a abrigarte, y no dejabas de repetir que si no íbamos no ibas a tener fuerzas para salir de la cama y te quedarías allí todo el día. Siempre conseguías lo que querías, con esa carita quién te iba a negar algo. Pero lo habías pasado tan mal que yo no podía evitar estar todo el día muerto de miedo por si el hígado que te habían puesto de forma temporal te volvía a fallar. Y así había sido, días después de nuestro último viaje a la playa volviste a estar mal, y ya no habías salido del hospital,y yo no pude dejar de odiarme por dejar que ese día te cogiera al frío, pero por un rato habías sido tan feliz envuelta en una manta, con tu plumífero y mi cazadora por encima, y la bufanda y el gorro, sólo se veía tu narizita, pero aunque no la viera sabía que por ahí también estaba tu sonrisa. Yo esperaba sentado en la arena, cerca de donde estaba ahora, y tú te habías acercado a hablar con el mar, y después te sentaste a mi lado, apoyando la cabeza en el hueco de mi hombro que tan bien se había amoldado a ti y que tanto te echaba ahora de menos.
Todo se había complicado y tú estabas muy débil, y por mucho que pensara que tu cabezonería haría frente a tu debilidad, los médicos lo habían pintado todo muy negro. "En tres días tenemos que conseguir un hígado compatible" Y estábamos en el tercero, y aunque estabas la primera en las listas el hígado no llegaba. ¿Tenías que tener el grupo sanguíneo del que menos gente había? Hasta en eso eras especial.
Y aquí estaba yo, que había huído del hospital como un cobarde, pero no podía verte así. Llevabas unos días sedada y era como si no fueras tú. No se escuchaba tu risa, ni tu vocecita pidiendo que te contara un cuento, ni salía tu sonrisa al recibir mis mimos. Así que tuve que salir de allí, y vine a verte al mar. Sabía que si te ibas antes pasarías por aquí a despedirte de él.
No sé el tiempo que pasé allí, pero ya era de noche y tenía volver. Aunque no te lo creas sonreí un poco al pensar que me habrías reñido por no haber comido nada en todo el día. Ya sabes que soy un desastre.
Entré en el coche, que estaba congelado porque lo había dejado abierto, y al sentarme vi una lucecita en el móvil. Ni siquiera me había dado cuenta de que lo había dejado allí, no me había ni extrañado de no tener noticias, yo y el mar... Me había aislado completamente de todo. Tenía un montón de llamadas, todas de tu hermana. Seguro que ahora estaba preocupada. Tu hermana mayor que siempre te había cuidado hacía tiempo que también tenía que cargar conmigo, y cuidarme a mi también. Sin ella creo que nunca habría conseguido llegar hasta aquí, yo no soy tan fuerte. Pero también había un mensaje "Vuelve, al salir del quirófano querrá verte" Y entonces conduje otra vez a toda velocidad por la costa, y ahora en compañía de mi sonrisa y con fuerzas renovadas, y con muchas ganas de contarte que el mar te estaba esperando con una gran fiesta de olas para cuando volvieras.

26 ene. 2010

Tú y yo nos conocemos

-Tú y yo nos conocemos. Tu historia ya me la sé, me la has contado mil veces. Igual no con tu voz, ni con tu cara, pero siempre es lo mismo, cambiais pequeños matices y ya por eso consideráis que sois únicos, que vuestra historia es la peor y que vuestros actos tienen justificación. ¿Esta vez qué es? ¿Cuál es la excusa? ¿Falta de cariño y ganas de llamar la atención? ¿Crecer antes de tiempo y tener que hacerte cargo de cosas que no te corresponden? ¿Creer que puedes hacer siempre lo que te de la gana? ¿O simplemente fastidiar a los demás? ¿Crees que tu mierda de vida justifica el daño que causas en los demás? ¿De verdad te sientes mejor dejando a esa señora caída en la calle por el tirón que le has dado a su bolso, o dándoles patadas a todas las papeleras y espejos retrovisores que encuentras a tu paso? ¿Con eso qué arreglas? ¿De verdad crees que tienes que hacer cosas como estas para que alguien se fije en ti? ¿Para que alguien como yo dedique un poco de su tiempo a hablarte para intentar convencerte de que la vida es mejor que eso, para que alguien por un momento se preocupe por ti? ¿Y ahora qué? Ya he hecho mi trabajo, te he dado la charlita, en unos minutos puedes irte ¿y qué va a ser lo próximo? ¿Una pelea, un atraco, más destrozos? Volverás aquí, volveremos a hablarte, y volverás otra vez a hacer lo mismo. Porque cuando cruces esa puerta todo va a ser como siempre, nadie te quiere, nadie te dice lo que tienes que hacer, nadie intenta ayudarte, porque tú no les dejas, porque antes de que digan nada ya estás sacando toda tu furia y no les dejas hablar, porque cuando intentan ponerse delante de ti y hablarte te levantas y te vas dando un portazo, porque cuando intentan mostrarte algo de cariño con una caricia o un beso tú reaccionas con un manotazo y no dejas que nadie se te acerque.
No quiero volverte a ver por aquí, quiero que dejes que la gente te quiera, y que se preocupen por ti todos los días. No quiero que vuelvas a necesitar sentarte delante de mi y recibir mi atención apenas diez minutos. Tú te mereces esa atención de forma continua. Depende de ti querer recibirla.

Treinta minutos después a cuatro manzanas de distancia suena el timbre en una casa. La anciana que vive allí al abrir la puerta se encuentra de frente con el joven que horas antes la había dejado tirada en el suelo, y sin darle tiempo a decir nada ve que el chico le entrega su bolso y sale corriendo.
Al día siguiente, en ese barrio de todas las papeleras sale un clavel, y en todos los retrovisores que todavía quedan en pie, hay un lazo color rojo con una inscripción que deja a todos los conductores asombrados y sin entender nada: "A partir de hoy me voy a dejar querer"

18 ene. 2010

El regalo mas grande

En el sótano está la primera pista. Eran las palabras que resonaban una y otra vez en tu cabeza mientras volvías a casa. Poco antes me habías dejado en el aeropuerto y yo, ente lágrimas, te había dicho que te había dejado un regalo en tu casa, y que en el sótano tenías la primera pista.
Parece increíble cómo las cosas habían ido bien. No sé, la forma de conocerte, cómo en tan poco tiempo te habías colado en mi cabeza para ya no salir de ella, lo rápido que empecé a sentir algo por ti, cómo me sentía con lo que me decías... Y, por otro lado, la distancia, la edad, el miedo... Pero todo había ido bien. Y ahora, casi un año después, había pasado unas mini-vacaciones maravillosas en tu casa, y lo duro era marcharme.

Al llegar bajaste corriendo al sótano, y encima de las cajas que tenías allí acumuladas viste una nota: "¿Desayunamos?" Y tú enseguida entendiste en dónde estaba escondida la siguiente. Tenías que verte, estabas tan ilusionado como un niño pequeño... Subiste al salón y buscaste un cuaderno en una de las estanterías. Allí tenías escritas un montón de historias preciosas que querías conservar, y entre ellas una de las primeras que me escribiste, en la que todo comenzaba con un desayuno. Al llegar a la historia viste pegado un post-it: "Asómate, y ve el reflejo de la luna" Y entonces cogiste la chaqueta y las llaves y saliste de casa, para ir al estanque que había un poco más arriba, en donde un día la luna desapareció para que vieras reflejado en él mi rostro. Y allí encontraste una cajita pequeña en donde había una foto de los dos y todas las historias que yo te había escrito en todo este tiempo. Además había un pequeño pergamino enrollado en el que ponía: "Y ahora llévame a ver las estrellas contigo, y abrázame fuerte" Así que volviste corriendo a casa sin dejar de preguntarte qué más te había dejado. De la prisa que llevabas hasta se te olvidó cerrar la puerta, y subiste corriendo a la azotea, en donde encontraste una gran sonrisa en el suelo hecha con velas (creo que hubo algo de magia para que siguieran todas encendidas). Y a tí, más que la foto y las historias, lo que más te gustó era que dejara mi sonrisa contigo hasta que volviéramos a vernos para que te hiciera compañía.
Me habría gustado estar allí contigo para abrazarte cuando te vi emocionarte, pero yo ya estaba en el avión de vuelta a casa. Y también para burlarme un poco de ti cuando te escuché decir lo que dijiste: "Vaya"

9 ene. 2010

¡Al abordaje!

Cerró los ojos para tratar de parecer dormido. Ese día había tenido que cambiar sus horas de sueño, pero la emoción no le había permitido dormir. Por la mañana, mientras se tomaba su gran tazón de cola-cao con un montón de galletas, su abuelo le había dado la noticia de que esa noche le iba a llevar con él al mar. Carlos sabía que iba a tener que levantarse muy temprano, muchas veces oía a su abuelo salir de casa cuando aún era de noche, pero no le importaba, él siempre había querido que lo llevara con él, y a pocos días de la Navidad su abuelo le había permitido acompañarle.
Había pasado toda la tarde haciéndole mil preguntas a su abuelo, y éste, cada vez más asombrado por la imaginación de su nieto, casi no sabía cómo explicarle que sus compañeros no llevaban parches en el ojo ni botellas de ron; o que el capitán del barco no tenía una pata de palo y un loro en el hombro. Pero a Carlos le encantaban las historias de piratas, y no quería pensar que todo era mucho más sencillo que eso. Él sabía que el viaje que iba a hacer no se le iba a olvidar en toda su vida.
Al llegar las 9:30 fue a acostarse, y con la ayuda de su abuela dejó preparada encima de una silla la ropa que iba a ponerse. "Tendrás que abrigarte mucho- le había dicho su abuelo.- E intenta descansar, que va a ser un día muy duro"
Ahora, cuatro horas después, Carlos no ha dormido ni un solo minuto, la excitación le impide dormir. Después de estar todo el día dejando volar su imaginación se ve junto a su abuelo, vestidos de piratas, y abordando barcos en busca de tesoros. (Carlos nunca lo sabrá, pero lo buen escritor que será dentro de unos años tiene su base en todo lo que imaginó y vivió en su infancia) Cada vez que oye a su abuela pasar por delante de su habitación cierra los ojos, para hacerse el dormido, porque sabe que dentro de pocas horas tiene que levantarse y su abuelo le ha dicho que tiene que descansar. Poco a poco se va quedando dormido, ya le queda poco tiempo para descansar. En un par de horitas se levantará su abuelo y colocará todas las cosas que tienen que llevar, después le despertará a él, le ayudará a vestirse mientras se despierta del todo, y saldrán de casa. Camino al puerto se detendrán en la taberna, en la que se mezcla el olor a tabaco y el alcohol de los trasnochadores con el café de los que madrugan y comienzan el día; y media hora después estarán llegando al barco de su abuelo, donde estará el capitán para recibirlo y hacerle sentir, por un día, como el pirata que ha sido en sus sueños.