24 jul. 2010

Al alba



Achegácheste á miña soidade
tan incriblemente exacta
que foi como se de tanto soñarte
eu mesmo te creara.

Batía o amor nos pulsos do aire,
e nas polas do sangue
era a vida enteira
que tamén rebentaba,
que de novo florecía
como nunca florecera,
como nunca rebentara.
Era nos pulsos do meu sangue
onde o teu amor pulsaba.

Páramos da soidade miña
a onde en amor chegaras
como se de tanto soñarte
eu mesmo te creara.

10 jul. 2010

Ella y el mar


Aquel muro le impedía la visión. Todos los días se levantaba desubicada, no sabía dónde estaba. Miraba a su alrededor y sólo veía una estancia vacía únicamente ocupada por la cama donde dormía, un pequeño lavabo y una silla frente a una ventana. Siempre se quedaba un rato aturdida sentada en la cama intentando recordar qué hacía allí, y al levantarse siempre hacía el mismo recorrido. Se levantaba despacio, meter los pies en las zapatillas era todo un reto para ella, siempre acababa refunfuñando que no eran su talla, después se levantaba y lentamente se acercaba a la puerta e intentaba abrirla, no sabía qué habría al otro lado, pero siempre estaba cerrada. Después se lavaba la cara, una cara totalmente desconocida para ella, ya no recordaba cómo era, se recogía el pelo, antes brillante y recogido en estudiados moños y ahora sin vida y totalmente enredado, y llena de curiosidad se asomaba a la ventana, y todos los días se llevaba un gran disgusto al toparse con aquel enorme muro. Y este era el único momento del día en el que rompía su monotonía, ya que cada día imaginaba un paisaje distinto al otro lado. A veces era un parque, con columpios y niños jugando y montando un gran alboroto. Y no sabía por qué pero alguno de los rostros de esos niños le resultaba familiar, igual los había visto alguna vez. Otras veces se imaginaba una calle de una gran ciudad, con un montón de gente cruzándose unos con otros y con prisas por llegar a su destino, mucho tráfico y coches pitando a los peatones que casi se les tiraban encima para cruzar al otro lado de la calle. También imaginaba las tiendas que tenía enfrente, las cafeterías, y las vidas de las personas que entraban y salían de ellas. Pero el paisaje que más le gustaba imaginar era el mar. Le encantaba abrir la ventana y respirar su olor, escuchar su murmullo. En esas ocasiones la ventana se convertía en puerta, ella se desvestía, y se veía con su moño perfecto, joven y llena de vida, y se adentraba en el mar bañada por una sensación que hacía mucho que no sentía. Y la felicidad le hacía seguir avanzando, muy lentamente para apreciar bien cada momento, movida por las olas, riendo cada vez que le salpicaban, disfrutando de cada sensación, sintiéndose viva. Hasta que se le perdía de vista.