27 may. 2010

El camino hacia Lily


Siempre he estado enamorado de Lily, desde el primer momento en que la vi. Mi casero me había pedido que estuviera esa tarde en casa que iba a llegar mi compañera y a él le era imposible estar. Llevaba casi tres meses viviendo solo y la idea de que mi tranquilidad se viera truncada por la llegada de un nuevo inquilino me tenía bastante contrariado, pero yo no tenía nada que decir, mi piso tenía dos habitaciones y a mi casero le convenía tener dos inquilinos, si uno le fallaba siempre le quedaría el otro.
Lily llegó hora y media tarde pero su sonrisa era la mejor de las disculpas. Traía botas de montaña, un pantalón corto, una camiseta sin mangas, un pañuelo al cuello y una enorme mochila a la espalda, no era la imagen que esperaba.
-¡Hola! ¿Me dejas pasar o nos vamos a quedar en la puerta?
Yo me aparte sin articular palabra, me tenía deslumbrado. Su gran sonrisa, esos ojos tan grandes y tan azules que no dejaban de mirarme, sus rizos rojos cayendo sobre sus hombros, sus largas piernas bronceadas. Y su descaro, que se veía a leguas.
Entró en el salón y dejó la mochila apoyada en la puerta. Dio un trago de su cantimplora y se sentó en el sofá, tenía pinta de cansada. Yo me quedé de pie enfrente a ella apoyado en la pared.
-Vengo de hacer el camino de Santiago. Tenía ganas de hacerlo desde hace tiempo, nadie debería perderse esta experiencia –y al ver que yo seguía mudo continuó- Mis cosas llegan mañana, pensé que no llegaría a tiempo y tuve que hacer algún trayecto en autobús, pero me lo he pasado en grande. ¿Y tú qué?
Seguía con su mirada clavada en mí, me tenía totalmente hipnotizado. ¿Y yo qué? ¿Qué de qué?
-¿Quieres tomar algo? –dije. Probablemente no era eso lo que ella esperaba de mi, pero fue lo único que me salió.
-Vale, ¿qué tienes?
Y tomamos un café con bizcocho mientras ella no paraba de contar anécdotas de su viaje y yo me perdía en su mirada. “Qué chica más loca” Pensaba mientras la escuchaba. No paraba de hablar, y de reír, y te hacía sentir como si te conociera desde siempre aunque acabáramos de vernos por primera vez diez minutos antes. Cuando termino de merendar se metió en el cuarto de baño con su mochila y estuvo allí casi una hora. Sólo abrió la puerta un momento para gritarme:
-¡Por cierto, yo soy Lily! ¿Tú cómo te llamas?
-Tomás –dije yo intentando mirar para otro lado para no imaginar lo que habría debajo de la toalla que la envolvía-. Me llamo Tomás. ¿Necesitas algo?
-No, sólo era eso.
Y volvió a encerrarse en el baño para salir veinte minutos después con una camiseta larga a modo de vestido, unas zapatillas y el pelo ondulado y por encima de los hombros.
-Ya necesitaba un corte-dijo-. ¿Me puedes decir dónde está la escoba? He dejado todo lleno de pelos. ¡Ah! He traído algo para ti. Toma.
Yo desenvolví un paquete en el que había un libro del Camino de Santiago.
-No sabía qué te gustaría y opté por esto porque te repito que tienes que hacerlo. Ya sé que estás en el destino, pero márchate lejos y vuelve, verás todo lo que descubres por el camino. Y la impresión que tendrás de la ciudad al llegar será completamente distinta a la que tienes ahora, créeme, vale la pena.
Y siguió hablando mientras barría el cuarto de baño. Después se fue a su habitación y se pasó durmiendo casi todo el día siguiente. Fui yo el que recogió todas sus cosas y se las dejé amontonadas en el salón para que las viera al despertarse y me marché a trabajar. Mi trabajo en aquéllos tiempos era más un pasatiempo que un trabajo pero me daba para vivir, y eso era lo que me importaba. Yo era periodista, aunque lo que realmente me gustaba era la fotografía, así que de vez en cuando hacía algún reportaje para alguna revista, y cuando eso no me llegaba mandaba algún artículo a algún periódico y así subsistía, sin plantearme nada más.
Al volver Lily ya tenía todas sus cosas colocadas.
-Estaba esperándote para salir un rato, no sabía a qué hora llegabas y no sabía si salir a comprar algo y hacer la cena o esperarte y dar una vuelta, y mientras estaba decidiendo qué hacer has llegado, así que genial, venga, vámonos a pasear.
Estaba preciosa. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta que marcaba su maravilloso cuerpo. Iba subida en unos taconazos que la hacían todavía más estilizada y casi más alta que yo, y el pelo despeinado y algo de maquillaje. Era la chica más guapa que había visto en mi vida. Llevaba dos días sin parar de hablar y aún no sabía a qué había venido a Santiago, y por poco no sabía su nombre.
Paseamos toda la tarde por la zona vieja, a mí no me hacía falta hacer el Camino de Santiago para ver la ciudad de otra manera, me bastaba con llevar a mi lado a Lily. Me gustaba estar con ella, me había habituado a su risa escandalosa, a su mirada atenta, a su desparpajo. Lily se reía como si fuera cada vez la última que se reiría en su vida.
-Tomás, se un caballero e invítame a cenar. Venga, vamos a casa, nos arreglamos y salimos a cenar fuera, para darme la bienvenido. Ponte un traje, ¿tienes traje? Y yo me pondré un vestido y unos taconazos. Llévame a un buen restaurante y entremos del brazo, seremos la envidia de todos. Jóvenes, guapos y de la mano. ¿Te gustaría llevarme a la cama, verdad? Te lo veo en los ojos.
“No, Lily –pensaba yo- Me gustaría llevarte el resto de mi vida de la mano. Eso es mejor que llevarte a la cama”.
-¿Qué dices? ¿Te apetece?
-Vale, vamos a arreglarnos –y a mi en ese momento no me importaba nada más que saber lo que sentía siendo su pareja, cómo decirle que no, no quería ser el culpable de hacer desaparecer esa sonrisa. En ese momento lo que menos me importaba era recordar que al día siguiente tenía que estar a las cinco de la mañana en pie para ir hasta “A costa da morte” a fotografiar un amanecer para un reportaje de una guía de viajes. “Lo que tú quieras Lily, vámonos al fin del mundo si quieres Lily, ¿acabarás en mi cama Lily?”
Y ella se cogió de mi mano y me llevó a casa, y digo me llevó porque en esos momentos yo no sabía ni por dónde iba, solamente flotaba, y me dejaba guiar por su sonrisa.
Al llegar a casa se encerró en su habitación mientras yo buscaba ente mi ropa el único traje que tenía. No me lo ponía desde hace siglos y sabe dios cómo estaba… Era todo arrugas, no había duda de que no era un traje a la altura de Lily. Oí sonar su teléfono, y al poco tiempo un golpe en su habitación. Se asomó a medio vestir y con los ojos llenos de lágrimas, el rímel empezaba a corrérsele.
-Tomás, no vamos a ir a ningún sitio –y dio un portazo.
Yo me quedé quieto, sin saber qué hacer. Esta chica siempre me dejaba paralizado, era como un huracán, arrasaba conmigo. Volvió a abrir corriendo y vino hacia mi, me besó en la mejilla y dijo:
-Estás guapísimo, lo dejamos para otro día, ¿vale?
No te vayas Lily, déjame abrazarte. Lléname el traje de rímel y lágrimas y me compraré uno digno de tu acompañante. Deja que te envuelva con mis brazos, déjame oler tu pelo descontrolado, déjame quitarte el vestido. Ven.
Pero no vino, y los días siguientes su actitud cambió por completo. Yo empezaba a no entenderla bien. No sabía quién la había llamado, ni qué le había pasado, pero fuera lo que fuera se había llevado su alegría. Ahora se levantaba, intentaba sonreír pero su sonrisa era forzada, y hablaba de cualquier cosa. Me enteré de que había venido para estudiar farmacia, yo pensé que no le pegaba nada pero dijo que siempre había querido trabajar en un laboratorio. Yo no pude evitar imaginármela con la bata blanca y pensé que a la Lily que tenía delante sí le pegaba, que igual la de los primeros días no era la real. Esos días la conocí mejor, y ella a mí, pero yo echaba de menos las locuras de mi Lily, la que llegó del Camino de Santiago con unas ganas de disfrutar de la vida que no le cabían dentro y se las contagiaba a cualquiera que se pusiera delante. Varias veces intenté preguntarle qué le había pasado aquel día pero no había manera, ella siempre cambiaba de tema y me respondía que no me preocupara, que cualquier día me sacaría a cenar. Y yo me quedaba sin saber qué responderle. “No es eso Lily, no es eso.”
A pesar de todo yo cada día me enamoraba más de ella. Me encantaba llegar a casa y tener su compañía, me gustaba verla estudiar, ver cómo se pintaba las uñas, cenar con ella. Lily cocinaba de maravilla, pero lo hacía pocas veces, decía que le gustaba que yo cocinara para ella. Y yo nunca supe decirle a nada que no.
Nunca llegué a entenderla, tenía épocas en las que era la persona más feliz del mundo, y otras épocas en las que su tristeza lo invadía todo, y éstas siempre llegaban con una llamada de teléfono, aunque nunca supe qué era lo que le pasaba. Cuando Lily estaba bien todos los días eran una fiesta, su alegría se metía en mí por cada poro de mi piel y parecía que todo iba bien. Los días en los que estaba triste eran una excepción, pero en ellos no era capaz de reconocerla, parecía que estaba vacía, sin vida, y su tristeza también se llevaba la mía, hasta dejarnos tan mal que yo sólo era capaz de desear que se le pasara pronto el efecto de la llamada. Y de repente se le pasaba, siempre era así. De repente un día me levantaba y la veía tomándose un café con una gran sonrisa en la cara, y entonces parecía que el mundo giraba al ritmo que nosotros le marcábamos otra vez.
A finales de mayo Lily pasó por su peor crisis. Estuvo diez días encerrada en su habitación y sólo salía cuando yo no estaba en casa para comer algo. Yo me pasaba mis ratos libres en su puerta pidiéndole que por favor me abriera, y pasándole notas con alguna tontería para subirle el ánimo, pero nada era suficiente, y yo sentía que me consumía tirado en el suelo y apoyado en su puerta. Lily salió al undécimo día, se sentó encima de mí y me besó. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, y estuvo abrazada a mí un buen rato. Yo no sabía qué hacer, sólo la abrazaba y le acariciaba el pelo, la espalda, y le decía que por favor no llorase más y me contara qué pasaba. Lily no me explicó nada, lo único que me dijo fue que ya era el momento de que emprendiera mi viaje. Mis vacaciones eran en junio, y aunque no quería dejarla sola porque todavía no estaba bien no pude decirle que no, era como si cuando me lo pidió hubiera visto en sus ojos la necesidad de que me fuera, de que hiciera ese viaje. Yo no entendía nada, pero Lily tenía el poder de conseguir de mi lo que quisiera, y pensé que si pasaba por los mismos sitios por los que había pasado ella y le llevaba recuerdos, anécdotas y fotos eso la animaría. Así que me fui. Hice el camino, su camino, parando en los lugares que ella me había dicho, visitando todos esos sitios desde sus ojos, imaginándola a ella y a su sonrisa recorriendo todos esos caminos, descansando en esos albergues o hablando con esa gente. Estaba lejos y sin embargo no podía sacármela de la cabeza. Lily me había pedido que no la llamara en todo el recorrido, que prefería escucharme al llegar. Bueno, en realidad lo que dijo fue que cuando volviera se metería conmigo en la bañera mientras me daba un baño relajante y que después, mientras me masajeaba todo el cuerpo quería escuchar todas mis historias. Esta Lily… me volvía loco.
Yo me hospedaba siempre en los mismos lugares en los que ella lo había hecho antes. Uno de los últimos días, llegué a un hotel maravilloso. Me extrañaba que Lily me hubiese mandado a ese lugar ya que el resto del Camino lo había hecho de albergue en albergue. Lily no me había dado ninguna explicación sobre esto, y yo, que no creía que aquello fuese casualidad le pregunté al recepcionista si la recordaba, y así era. Me dijo que ella había dejado una nota para mí en el libro de visitas, a mí me extrañó mucho todo ello, pero era cierto, en el libro de visitas, con boli rojo había un mensaje, aunque bien podría haber sido para mí como para cualquier otra persona “Bienvenido, sabía que vendrías.” No pude evitar sonreír, y entonces fue cuando el recepcionista me contó que Lily no había llegado sola a ese lugar, que iba con un hombre, bastante mayor que ella, y que iban a quedarse dos noches pero ella desapareció la primera. También dijo algo que no me extrañó nada, pero que me dio mucho que pensar, “Parece que el hombre sólo respiraba si estaba con ella, cuando le abandonó era como si se hubiera quedado sin vida” Qué bien entendía yo eso, Lily y la vida y alegría que nos regalaba a los demás.
Las últimas etapas del recorrido no fui capaz de disfrutarlas, había algo dentro de mí que hacía que estuviera preocupado, aunque aún no sabía qué era. Al llegar a Santiago antes de pasar por la Catedral y completar el recorrido decidí pasar por casa, recoger a Lily y terminarlo con ella, era su viaje y quería vivir eso con ella. Al abrir la puerta de casa una sensación de vacío se apoderó de mí.
-¿Lily?
No contestó. La puerta de su habitación estaba cerrada y me temí lo peor. Me acerqué, ocupé mi lugar en el suelo, me apoyé en la puerta y antes de darme tiempo a decir nada ésta se abrió. Yo pensé que la había abierto ella, pero no fue así, la puerta se abrió con mi peso, sólo estaba entornada. Al girarme me quedé sin aire, Lily no estaba, no había rastro de sus cosas. Sólo había dejado una nota encima de la mesa: “Espero que el viaje te haya gustado. Yo ya he cumplido contigo, te he ayudado a disfrutar de la vida, a saber vivirla. Ahora tengo que ir a ayudar a otro. Hay algo que me quedó por decirte, no hace falta que te pongas un traje para salir con ninguna chica, con lo que llevas dentro ya es suficiente” Me quedé muchísimo tiempo sin saber qué hacer, mi cuerpo no reaccionaba. Lily pensaba que me había enseñado a vivir mi vida, pero estaba equivocada, al irse se había llevado esa vida que ya sabía disfrutar. “¿Por qué me has hecho esto Lily? ¿Por qué me has arreglado la vida para después arrebatármela?” Cogí mi mochila y me fui a la Catedral a completar el viaje, porque sé que estuviera donde estuviera, a ella le encantaría saber que había terminado su viaje.

24 may. 2010

Si algo sale mal Desmond Hume es mi constante


"La mayoría pensamos que lo hecho, hecho está, que no podemos cambiar nuestro destino por mucho que nos esforcemos, y que aquéllos que desafían a su destino siempre acaban decepcionados pues el destino posee el modo de trazar su propio rumbo. Sin embargo, antes de rendirnos al destino debemos tener en cuenta el poder del espíritu humano y la fuerza que entraña nuestro libre albedrío"

12 may. 2010

Antes todos los despertares eran una fiesta

Últimamente Marta siempre se levanta con una sensación de vacío que le hace romperse por dentro. Antes todos los despertares eran una fiesta. Había fuegos artificiales cuando abría los ojos y le veía a su lado. Abrir los ojos envuelta en sus brazos era un lujo. No había malos despertares, todos eran una gran sonrisa. Estaba bien acortar un poco la distancia y rebasar un poco los límites para dormir juntos. Le gustaba despertarse en mitad de la noche, girarse y ver que él estaba allí. Pero de eso ya hacía tiempo, ahora la sensación de vacío en el estómago le recordaba su ausencia y esa sensación le duraba todo el día.
Es domingo, son las cuatro de la tarde y Marta todavía no se ha levantado. Hoy la pena le pesa demasiado. Está tumbada en la cama, sin parte de arriba, siempre se acuesta así por si él quiere venir a acariciarle la espalda. Está hecha un ovillo, abrazándose las rodillas y con los ojos abiertos pero sin mirar nada. Tiene el móvil al lado, sobre la almohada, pero ya lleva demasiado tiempo sin sonar. La angustia le está matando, así que se levanta, se desviste y se mete en la ducha. Ahora el agua le recorre el pelo, los hombros, la espalda, y piensa que por todos esos sitios han pasado ya sus manos y le recuerda tocándole, o a través del teléfono cuando no estaban juntos y su voz le decía que le estaba besando y que sus manos estaban recorriendo su cuerpo.

Para Roberto las cosas tampoco van demasiado bien últimamente. Ahora está tirado en su cama, sin camiseta, por si ella quiere venir y acariciarle el pecho. Está pensando en ella, y maldiciéndose por haberla apartado de su lado. Nunca quiso causarle ningún dolor, pero ya era tarde porque Marta estaba enamorada de él. Y se arrepentía mucho de lo que había hecho porque a Roberto también le encantaba despertarse a su lado. Recordaba que siempre se metía en la cama sin hacer ruido para no despertarla porque le gustaba ver su cara de sorpresa cuando se giraba y veía que ya había llegado.Le gustaba dormir abrazándola, le gustaba el olor de su pelo, le gustaban sus caricias, le gustaba que ella le quitara la parte de arriba para apoyarse sobre su pecho y le gustaba que al dspertarse le besara.
Roberto tenía el teléfono al lado y se dio cuenta de que no podía seguir echándola de menos, así que la llamó. Pero Roberto no podía saber que Marta estaba en la ducha dejando que el agua le acariciara lo que él ya no acariciaba y pensó que no le cogía porque ya no quería saber nada de él. Se desnudó y se metió en la ducha. El agua le recorrió el pelo, el cuello, el pecho y recordó cómo lo hacía y cómo se lo contaba cuando no estaban juntos.

Marta sale de la ducha y ve su teléfono iluminado. Ya no hay vuelco en el estómago porque ya no piensa que puede ser él, pero sí lo es así que le llama. Marta no puede saber que Roberto está dejándose acariciar por el agua y piensa que no le coge porque ya no quiere saber nada de ella, que se habrá equivocado. Así que se viste, coge el coche y se va a la playa, a ver el mar porque eso le relaja.

Roberto sale de la ducha y ve su llamada, así que rellama pero no sabe que ella con las prisas se ha dejado el móvil en casa. Así que se viste, coge el coche y se va a la playa, porque el mar le relaja.

Y ahora están los dos allí, cada uno en su playa a quilómetros de distancia. Los dos pensando en el otro. Ella tumbada sobre la arena, él paseando por la orilla mojándose los zapatos y los pantalones, y los dos dejando que la tristeza se apodere de ellos. De repente se pone a llover, en las dos playas a la vez, y ninguno de los dos se mueve. Les da igual, porque ya no les importa nada.