18 abr. 2010

La chica del paraguas rojo y los donuts de chocolate


La chica del paraguas rojo hacía días que no sonreía, la pena se había apoderado de ella.
El chico del paraguas azul la observaba desde lejos, no quería que ella le viera. Desde aquel café no habían vuelto a verse y no era porque hubiese estado mal, más bien había sido porque había sido tan mágico que él temía que dejara de serlo.
La vio saliendo del supermercado. Llevaba sólo una bolsa de la que estaba sacando un paquete de donuts de chocolate y estaba cogiendo uno. Iba poco abrigada para el día que hacía. Pantalones vaqueros, catiuskas, una camiseta y una chaquetilla. Ese día había dejado el paraguas en casa, parecía que estaba desafiando al temporal.
La vio de lejos, y aunque un poco avergonzado comenzó a seguirla sin intentar disminuir la distancia entre ambos. ¡Le hacía tan feliz volver a verla! No sabía qué tenía esa chica, pero le había encandilado.

Carla no tenía un buen día, todavía no había aprendido a echar de menos, y mucho menos a echar de menos a alguien con quien había estado sólo dos horas en toda su vida. No sabía qué tenía ese chico, pero le había encandilado.
Ése era el motivo de los donuts de chocolate, porque aunque Mario no lo supiera los que más le gustan son los otros. Los de chocolate sólo los come cuando no está de humor para pringarse los dedos con el azúcar. Pero los donuts de chocolate no hacen que se sienta mejor, y lo sabe, sólo le ayudan a llorar.

Mario no sabe que está llorando porque la está viendo por atrás y porque ni por asomo se imagina que es la causa de su pena.
De repente se pone a llover y Mario se da cuenta de que va sin paraguas y que sigue caminando sin cobijarse en ningún sitio. Y ella, que hoy le da igual todo, deja su bolsa en el suelo y se pone a dar vueltas bajo la lluvia, empapándose.
Mario no entiende nada y se acerca corriendo a ella para taparla. Y Carla vuelve a sorprenderle lanzándose a sus brazos y abrazándole bien fuerte. A Mario le ha parecido ver en su cara que la lluvia se había mezclado con sus lágrimas y se le ha hecho un nudo en el corazón al pensar que ella estaba llorando. Se separa un poco de ella y la invita a un café pero ella le dice que no, que está empapada. Y al mirarle le parece ver un asomo de tristeza en sus ojos y como ni de broma quiere ser la causa de su tristeza le coge el paraguas, lo cierra y lo deja en el suelo. Y cogiéndole de la mano se pone a girar con él bajo la lluvia, y es ahí cuando Mario se da cuenta de que con esta chica nunca va a desaparecer la magia, porque ella es especial.

15 abr. 2010

Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo


Anoche soñé contigo, lo hago más veces de las que quisiera. No es que no me gusten los sueños, es que después la pena me dura todo el día, hasta que vuelvo a dormirme y apareces de nuevo. Los despertares son la peor parte del día. Abrir los ojos y ver que no estás ni a mi lado ni de ninguna otra manera. Me gustan las noches porque te traen a mi. Traen tu risa, tus payasadas, tus caricias. Pero al abrir los ojos desapareces, y se va tu olor, el sonido de tu respiración, tu sonrisa.
Estábamos en Laredo pero era invierno y hacía frío. Tú te despertabas primero y a mi me despertaban tus caricias en mi espalda. Qué despertar tan distinto al que he tenido hoy. Me hablabas, bajito, mientras me acariciabas el pelo y me atraías hacia ti. Después nos levantábamos, nos poníamos los pijamas que por las noches no necesitábamos, nos preparábamos un cafe calentito y desayunábamos en la terraza mirando al mar mientras nos acurrucábamos bajo una manta, bien juntitos. Y de repente estábamos en la playa, casi vacía. Yo estaba sentada en la arena con un block y unos carboncillos en la mano, dibujándote, y tú a la orilla del mar sacando fotos. Luego venías a mi lado, me dabas un beso en la cara y mirábamos tus fotos. Qué dulce eras. Yo tenía la nariz congelada, y la pasaba por tu mejilla mientras tú me abrazabas para que entrara en calor.
Puede parecerte un sueño nada especial, pero para mí cada segundo lo era. Y me despierto y ni siquiera sé cómo dibujarte, y ahora es de noche, y no me quiero dormir porque no quiero despertarme y volver a perderte.


4 abr. 2010

El Zorro

En un camastro desvencijado Joel jugaba con un roído antifaz. Era el único recuerdo que tenía de su padre.
Habían llegado a la ciudad hacía unos meses escapando de todos los problemas que tenían en el pueblo. Su padre era un joven labrador que había heredado un pequeño terreno que utilizaba como huerta para después vender los productos en el mercado, pero al morir su mujer él solo no pudo hacerse cargo de todo el trabajo y al tener que contratar a alguien y pagarle un jornal comenzaron los problemas. Primero fue eso, después el descenso de las ventas, las dificultades para reunir el dinero que costaba tener un puesto en el mercado, y por último el incendio que provocó la pérdida de casi todos sus cultivos. Y ante esta situación no le quedó más remedio que recurrir a préstamos con enormes intereses que no era capaz de pagar. Por ello, al cabo de dos años, decidió coger a su hijo, algunas de sus pocas pertenencias y huir de sus problemas en busca de una vida mejor y un buen futuro para su hijo.
Al llegar a la ciudad se instaló en el sótano de un edificio abandonado que, casualidades de la vida, también había sido incendiado. Y recogiendo algún mueble de la calle intentó transformarlo y darle la apariencia de un hogar. Pero conseguir trabajo era más complicado. No eran buenos tiempos y lo único que conseguía era un trabajillo de vez en cuando. Un día en el muelle ayudando a descargar la mercancía de los barcos a cambio de unas monedas, otro día ayudando a apilar las cajas en una frutería a cambio de algo que llevar a casa para que comiera su hijo. Y fue en uno de estos trabajos, ayudando a vaciar una antigua tienda de disfraces cuando se hizo con el antifaz. Todo lo que había en la tienda se dividía en dos montones: el que se llevaban los dueños para vender a otros comerciantes y el que se iba a la basura. De este era del que se encargaba el padre de Joel. Al concluir su trabajo volvió a los contenedores a los que había llevado las cajas y rebuscando en ellas se hizo con varios disfraces de su medida. Y ese fue el día que el padre de Joel encontró un trabajo estable. Al día siguiente salió con uno de sus disfraces, se colocó en un lado de la plaza, sentó a Joel en una caja a su lado y comenzó su función. No era mucho lo que ganaba pero a lo largo del día eran bastantes las personas que se paraban frente a él y le daban alguna moneda.
Tenía tres o cuatro disfraces y por lo tanto tres o cuatro representaciones distintas según el traje. Cada disfraz tenía su historia, nunca se preocupó de cambiarlas ni de introducir nada nuevo porque la gente no se aburría de ellas y seguían parándose a escucharle. A todo el mundo le gusta que le cuenten un cuento aunque sea siempre el mismo, y el padre de Joel los contaba y representaba muy bien.
Solían levantarse tarde y a media mañana se instalaban en la plaza. A medio día descansaban un par de horas para comer y echar la siesta y después volvían hasta media noche. Siempre hacían el mismo horario y era muy fácil controlarles. El padre de Joel nunca habría imaginado que eso pudiera ser peligroso. Los días de semana por la noche casi no había ni un alma por la calle, pero Joel y su padre se quedaban siempre hasta la misma hora. Joel algún día había protestado, ya cansado, porque no entendía que si no había público no pudieran irse y acostarse. “En el trabajo hay que ser disciplinado, hijo mío. Como en todo en la vida” le contestaba su padre, y Joel no rechistaba.
Ese día la calle estaba desierta, hacía frío y la gente prefería estar calentita en sus casas. Joel vio a dos hombres acercarse y quiso decirles que la función ya había terminado, pero no le dio tiempo a decir nada. Los acreedores de su padre les habían encontrado. No mediaron palabra, se acercaron a su padre y le pegaron un tiro. Joel asustado se fue corriendo hasta el sótano, y cuando pensó que ya había acabado el peligro volvió junto a su padre. Hacía tiempo que no respiraba, le quitó el antifaz, le cerró los ojos y se fue de allí. La última función de su padre había sido la de “El Zorro”.