28 ene. 2009

La luna de sus ojos

La luna estaba zurcida al techo. Su reflejo era tan claro que a Liesel no le suponía ningún esfuerzo imaginar que la tenía casi al alcance de la mano. Era eso lo que le ayudaba a seguir adelante, poder imaginar y casi sentir que estaba afuera, que si levantaba la vista realmente podría ver la luna sobre ella, no aquel techo despintado y vacío. Ahora los rayos de la luz de la luna se colaban a través de las rejas del pequeño ventanuco que estaba tan alto que suponía que no llegaría a él ni de pie. Pero eso no podía saberlo con certeza. En la habitación en la que estaba, además del ventanuco con rejas y la luz de la luna, que en ese momento tenía la misión de darle fuerzas para sobrevivir y tener la esperanza de poder salir de allí, solamente había un olor a humedad asfixiante, una cama vieja, y una niña de aproximadamente dieciséis años con el cuerpo completamente amoratado y lleno de golpes y las manos y los pies atados a las patas de la cama. Pero esa niña tenía una fuerza y un coraje fuera de lo normal, y era capaz de sacar fuerzas de donde ya no le quedaban. Y esa noche, con la única compañía de la luna había confiado en que la encontrarían y la sacarían de allí antes de que aquel desgraciado volviera y le robara un poco más de su vida. Porque sabía que la estaban buscando, y que aun le quedaban muchas lunas por ver.

19 ene. 2009

A la contra

Tengo un amigo escritor al que le gusta llevar la contra. Siempre. Y dice que es porque le duele el alma. Es su venganza por todo el daño que le han hecho en la vida. Siempre va en contra del mundo, para no dar la razón a nadie, para no pensar como nadie, para que nadie se encariñe con él. Es lo que sabe hacer: cerrarse a la gente. Llevarles la contraria aunque sepa que ellos tienen razón. Ir en contra de todo con sus palabras, sus pensamientos, su forma de actuar... Si todo va bien, a él le va mal. Si todo va mal, a él le va de maravilla. Las injusticias para él siempre son justificadas; y frente a lo justo siempre encuentra un motivo para protestar. Ante el amor sólo se despierta en él el odio, y frente a la amistad él prefiere la soledad. Y sólo cuando es odiado y está solo es capaz de sentirse bien. Ante cualquier muestra de afecto se muestra arisco y le sobran segundos para escupir una de sus perlitas y dejarnos a todos boquiabiertos. Y como no conoce mejor forma de expresar su inconformismo con todo ha decidido escribir. Y es bueno. Muy bueno. Porque aunque él no lo sepa, ahora está de moda ir a la contra. Y él no es el único que ha sido herido y quiere cerrarse a al gente para no volver a sufrir.

12 ene. 2009

Estamos marchitos

Una tras otra las flores se fueron marchitando mientras yo me daba cuenta de que ya no quedaba nada de tu amor. Era el último de los ramos de rosas que todos los 17 de marzo llegaban a mi casa con una nota en la que cada vez ibas sumando un año más a mi lado. Este año ya ni siquiera me había echo ilusión su llegada, y tu nota aun estaba sin abrir encima de mi escritorio. Este año no te llamé al recibirlo, ni me emocionaba cada vez que miraba las flores, ni me morí de ganas de abrazarte. Este año las flores no tenían el mismo sentido de siempre. Este año olían a despedida.
Una tras otra las flores se fueron marchitando mientras nos marchitábamos nosotros también. Poco a poco, con cada flor que moría, fueron desapareciendo las cualidades y pequeños detalles que nos gustaban del otro. Primero se fue tu capacidad para hacerme sentir bien, después tu confianza, después tu saber estar, después tu sonrisa... Y con ellas te llevaste mi alegría, mis ganas de quedarme trabajando de madrugada para poder estar libre al día siguiente para ti, mi cariño, mis caricias, mis ganas de verte... Nos fuimos muriendo a la vez que las flores sabiendo que estábamos llegando a un punto en el que no habría solución y decidimos esperar. Nos faltaba el oxígeno igual que el agua a las flores, y veíamos el final sin hacer nada por alejarlo. Y la última flor, la que más aguantó, acabó por llevarse mis ganas de quererte.