
La chica del paraguas rojo hacía días que no sonreía, la pena se había apoderado de ella.
El chico del paraguas azul la observaba desde lejos, no quería que ella le viera. Desde aquel café no habían vuelto a verse y no era porque hubiese estado mal, más bien había sido porque había sido tan mágico que él temía que dejara de serlo.
La vio saliendo del supermercado. Llevaba sólo una bolsa de la que estaba sacando un paquete de donuts de chocolate y estaba cogiendo uno. Iba poco abrigada para el día que hacía. Pantalones vaqueros, catiuskas, una camiseta y una chaquetilla. Ese día había dejado el paraguas en casa, parecía que estaba desafiando al temporal.
La vio de lejos, y aunque un poco avergonzado comenzó a seguirla sin intentar disminuir la distancia entre ambos. ¡Le hacía tan feliz volver a verla! No sabía qué tenía esa chica, pero le había encandilado.
Carla no tenía un buen día, todavía no había aprendido a echar de menos, y mucho menos a echar de menos a alguien con quien había estado sólo dos horas en toda su vida. No sabía qué tenía ese chico, pero le había encandilado.
Ése era el motivo de los donuts de chocolate, porque aunque Mario no lo supiera los que más le gustan son los otros. Los de chocolate sólo los come cuando no está de humor para pringarse los dedos con el azúcar. Pero los donuts de chocolate no hacen que se sienta mejor, y lo sabe, sólo le ayudan a llorar.
Mario no sabe que está llorando porque la está viendo por atrás y porque ni por asomo se imagina que es la causa de su pena.
De repente se pone a llover y Mario se da cuenta de que va sin paraguas y que sigue caminando sin cobijarse en ningún sitio. Y ella, que hoy le da igual todo, deja su bolsa en el suelo y se pone a dar vueltas bajo la lluvia, empapándose.
Mario no entiende nada y se acerca corriendo a ella para taparla. Y Carla vuelve a sorprenderle lanzándose a sus brazos y abrazándole bien fuerte. A Mario le ha parecido ver en su cara que la lluvia se había mezclado con sus lágrimas y se le ha hecho un nudo en el corazón al pensar que ella estaba llorando. Se separa un poco de ella y la invita a un café pero ella le dice que no, que está empapada. Y al mirarle le parece ver un asomo de tristeza en sus ojos y como ni de broma quiere ser la causa de su tristeza le coge el paraguas, lo cierra y lo deja en el suelo. Y cogiéndole de la mano se pone a girar con él bajo la lluvia, y es ahí cuando Mario se da cuenta de que con esta chica nunca va a desaparecer la magia, porque ella es especial.